miércoles, 22 de junio de 2011

Nuevas señales, el imaginario coloniero








La historia de la Colonia Tovar sigue estando inmersa en una neblina llena de ausencias, con un imaginario que muchos ya no se imaginan como lo hacían antes. Los textos oficiales sobre los colonos son dispersos, poco accesibles, y lo que se dice acerca de estas tierras antes de su llegada es muy nebuloso, por no decir inexistente. El cuento de Páez y Tovar no nos aparece completo nunca y no hay una demarcación lineal en los registros históricos que han sido sacados a la luz hasta ahora. Todavía en muchos lugares del municipio quedan las huellas de los que pudieron ser los auténticos primeros pobladores; unos dibujos en las piedras realizados seguramente por pequeños grupos de aborígenes que quizá alguna relación guardaban con las tribus de la costa cercana y el centro del país. Petroglifos de los cuales no sabemos nada y que encierran en su lectura un significado que se mantiene incierto, así como también es totalmente desconocida la situación del pueblo durante las grandes migraciones Alemanas a Suramérica durante la época de la post guerra al final de los treinta, mediados del cuarenta y principios del cincuenta. Antropológicamente el pueblo parece ser una isla flotante con una nueva generación que no tiene muy en cierto de donde viene y hacia dónde va. Mientras tanto siguen pasando los días, siguen llegando nuevos habitantes y a nadie pareciera interesarle mucho comprometerse con el tema, ni a nivel local ni a nivel nacional, dejándonos libres ante extensiones de posibilidades que el ingenio creativo no desaprovecha a la hora de seguir alimentando las voces del nuevo imaginario colectivo que surge, como bien lo hizo la socióloga Marisol Marrero con su novela La Coloniera de Tovar (Asociación de Escritores de Mérida 2009) Esto me lleva a los siguientes dos cuentos que les presento a continuación: el primer relato lo extraigo de la primera publicación del escritor Carlos Ávila, el libro Desde El Caleidoscopio de Dios (Equinoccio 2006) En La Familia Schmidt Adenauer, el argumento va sobre los eslabones perdidos del régimen nazi, teniendo como centro la posada Selva Negra. A su modo, el texto resulta ser una oda a la obra del autor Roberto Bolaño, La Literatura Nazi en América. El segundo es un texto inédito de la novel Paola Salazar, Zafiro. Un relato indie sobre la desgastada cotidianidad a la que nos sometemos los y las jóvenes del municipio Tovar, un lugar con una destinación que siempre termina por ser un giro de 360 grados y nunca un vuelco de 180.

Que los disfruten.





Familia Schmidt Adenauer





Buena suerte para todos en la muerte.
Roberto Bolaño, La literatura nazi en América





Marcial Schmidt Adenauer
Caracas, 1954 - Frontera Colombo venezolana, 1999

Marcial nació, al igual que su hermana Estílita, en la Maternidad Concepción Palacios. Fue dado en adopción junto a su hermana y fue criado, también junto a su hermana, por una pareja de alemanes que respondían a los nombres de Helmut Schmidt Adenauer y Anna Schmidt Brandt. Vivieron en la Colonia Tovar.


Marcial creció, al igual que Estílita, en el seno de la familia Schmidt. Durante toda su vida se encargaron de la posada Selva Negra, cuyos dueños fueron el señor y la señora Schmidt. Dicen que Estílita solía salir muy temprano a limpiar la entrada de la posada, a espantar a los bichos que trae la lluvia y a recibir a los visitantes que llegaban con la mañana. Dicen que Marcial se iba todos los días montaña arriba con la llegada del sol en compañía del viejo Helmut a recoger duraznos y fresas para venderlas más tarde en el pueblo. De doña Schmidt dicen que se le encontraba por las tardes conversando con Estílita, cocinando o cosiendo, que reían cada vez que escuchaban al viejo Helmut regañar a Marcial por mal amarrar algún caballo, o por no recoger a tiempo la bosta que los animales dejaban en la entrada de la posada y que a los visitantes les producía tanto asco.

Marcial estudió, al igual que Estílita, en la escuela San Martín de Tours. De los dos, Marcial fue el que menos se interesó por la escuela. Entre las cosas que más le gustaba hacer a Marcial, estaba revisar los libros de la biblioteca de la posada: la mayoría escritos en alemán. No dejaba de ser raro que un niño al que no le gustaba la escuela tuviese ese insólito interés. Quienes lo conocieron en esa época, dicen que cada noche, después de hacer la tarea a regañadientes, Marcial se encerraba por horas en el salón de la biblioteca: el viejo Helmut traducía en voz alta y el niño no dejaba de prestar atención ni un segundo. Una noche, Marcial descubrió que detrás de la biblioteca se hallaba una puerta que daba a un sótano. Además de fotos, cartas y ropa vieja, Marcial encontró allí dos cascos, dos uniformes, dos pares de botas y una bandera gigante en la que se adivinaba un signo simétrico y muy grande. En 1978 los viejos murieron: ambos por un ataque al corazón. Los herederos de todo fueron los hermanos Schmidt. Después de la muerte de los viejos, Marcial administró la posada y se dedicó a leer y a escribir. A los 28 años publicó su primera novela, y un par de años después publicó al mismo tiempo dos novelas infantiles. Todos sus intentos editoriales fueron un fracaso absoluto.

Marcial murió, al igual que Estílita, en un accidente aéreo. Era la primera vez que los hermanos Schmidt iban a salir del país: Marcial iba a probar suerte en la industria literaria europea y Estílita iba a conocer al supuesto hombre de su vida, un polaco que había conocido meses antes en una sala de chat en Internet.

Estílita Schmidt Adenauer
Caracas 1953, - Frontera Colombo venezolana, 1999

A pesar de ser un año mayor que su hermano, Estílita siempre obedeció a Marcial como si él fuera su propio padre. Quienes la conocieron dicen que Estílita no hizo otra cosa en su vida que hacer caso. Muchos atribuyen a su condición de adoptada su exagerado afán por estar a la orden. Estílita fue una joven obesa: en su primera adultez llegó a pesar casi 120 kilos. Nunca tuvo novio.
Durante su juventud estudió Artes: todas las mañana bajaba a Caracas acompañada por Marcial, quien más de una vez llegó a confesarle que le daba vergüenza decir que eran hermanos. Estílita nunca creyó en la palabra de los Schmidt, por eso emprendió durante muchos años una búsqueda estéril detrás de sus verdaderos padres: revisó listados en hospitales, visitó registros electorales, y hasta tuvo el valor de ir a un programa sabatino de televisión que ayudaba a sus invitados a encontrar a sus familiares perdidos. Todo en vano.

El día de su graduación, Estílita asistió a una reunión en la casa de José Pablo Izaguirre, hijo del difunto periodista y poeta Pablo Izaguirre. La fiesta, según recuerdan los que estuvieron allí, estuvo distribuida en tres ambientes: un salón gigante en el que se divertían los padres de los graduandos, una piscina vacía en cuyas paredes se proyectaban los videos que en aquel tiempo hacía Omar Lamuño, y una carpa en el medio del jardín donde solamente sonaba Nina Hagen. Estílita pasó buena parte de la fiesta sentada al borde de la piscina. Esa noche pasaron dos cosas importantes en su vida: vio por primera vez un cadáver, e hizo por primera vez un amigo. El fallecido fue uno de los profesores de la Universidad que sucumbió en unas extrañas circunstancias en el interior de la carpa: gracias a los contactos de la familia Izaguirre, el caso no pasó a mayores y la fiesta pudo seguir su curso. La fuerte amistad que selló Estílita aquella noche fue con el joven diseñador Osmel Damián: todo empezó por una pregunta que Osmel le hizo en relación al origen de un collar que estaba hecho de cientos de crucecitas como la de la bandera que muchos años antes había encontrado en aquel sótano Marcial, y que la joven Schmidt llevaba colgado aquel día. Un regalo de mi madre, le habría contestado la muchacha. Como casi todas las fiestas organizadas por la familia Izaguirre, ésta también terminó con la llegada del sol.

Con Osmel, Estílita recorrió todos los rincones de la ciudad. Organizaron cientos de tertulias y recitales. Se reunieron en las casas de las mejores familias de la capital. La única obra que se conoce de la joven Schmidt, pues todo se perdió en el accidente del avión, es un poema largo (320 versos) incluido en Nuevas Señales, el único libro que logró editar junto a su amigo Osmel. La selección contiene poemas de José Pablo Izaguirre, Gisela Pierralt, el mismo Osmel Damián y Jorge Luis Castillo, el único negro de la selección. El poema de Estílita llevaba por nombre Abandóname, y se trataba de una curiosa petición a dios: un ser supremo escuchaba sentado en un trono, con la mano derecha en el mentón, “despreocupado e indiferente”, las demandas de una niña gorda.

A principios de 1999, Estílita entró en desidia. Los últimos días de su vida los pasó echada en su cama, comiendo y haciendo contactos vía internet. Fue así como conoció a Miliko, el polaco que la apartaría de aquella pereza inútil. La posada Selva Negra fue vendida. Aún existe. Lleva el mismo nombre.








Zafiro



Hoy es un día como tantos otros. Todo parece ser igual. Todo comienza cuando me levanto de mi cama. Adoro el aroma de la tierra por las mañanas, por eso salgo todos los días a la misma hora a sentir su olor puro y fresco, es todo un deleite. Ya pasadas las ocho de la mañana tomo mi motocicleta y me dirijo al trabajo donde me encargo de llevar el orden de la correspondencia del pueblo, es un trabajo un tanto monótono. Básicamente siempre haces lo mismo y siempre estas con las mismas personas, sin embargo creo que es estable y me hace sentir bien. La mayoría de las personas en este lugar trabajan la tierra, lo cual no me apetece en lo absoluto, ese trabajo más que todo lo realizan los hombres, las mujeres simplemente se casan y se dedican a sus hogares. En este sentido el tiempo parece haberse olvidado de este pueblo. La vida aquí es tranquila y lenta. Puedes mirar a través de las ventanas los atardeceres sobre las casas y las familias juntándose para cenar. No hay mayores ajetreos. Todos hacen sus labores en santa paz y se vuelven para sus hogares a dormir. Para empezar un nuevo día igual. Luego de terminar mi jornada de trabajo, vuelvo a casa para hacer la misma rutina del baño por las mañanas. Me fumo un cigarrillo a las 5:00 de la tarde todos los días, es como mi merienda. Luego llamo a mi amiga Fernanda para ver si se anima a pasear un rato por el maravilloso bosque de árboles y enredaderas. La mayoría de las veces me dice que no, así que me siento en el balcón de la casa a seguir fumando hasta que llegue Lucas. El es un hombre bello, silvestre, siempre huele a montaña, a rocío de tierra fértil. A hombre fuerte y trabajador; ya llevamos unos años juntos, nos ha ido muy bien, sin embargo nunca he sentido que lo ame, lo aprecio mucho y lo respeto, pero siempre lo he visto mas como ese hombre fuerte que me protege y me presta su hombro cada vez que quiero llorar, lo cual es muy seguido. A Lucas le gusta mucho ir a montar caballos, es una actividad que lo enloquece, siempre quiere que lo acompañe, pero a decir verdad, no es mi estilo de hobbie. Prefiero quedarme en la casa cocinando y escuchando música o pintando y escuchando música. En todo el tiempo que llevamos juntos solo un par de veces lo he acompañado a montar esos caballos que tanto le gusta. Nuestros encuentros son largos y silenciosos, supongo que somos muy reflexivos o simplemente no tenemos palabras que cruzar. Desde el principio de nuestra relación siempre ha sido así, los dos muy callados, supongo que no me molesta porque soy muy tímida. En ocasiones siento que ambos estamos vacíos, que nuestro corazón es frío y no palpita. Nuestros encuentros no tienen mayores sobresaltos, solo hablamos un poco acerca de nuestro día y eso parece ser más que suficiente. Luego vamos a mi cuarto antes de que llegue mi madre y hacemos el amor por una hora, el tiempo siempre parece ser exacto. Nuestros cuerpos se entrelazan pero no se funden, cada quien cumple su parte para satisfacer su propio ego. Lucas acostumbra a tomar mucho por las noches, así que la mayoría de las veces después de hacer el amor saca su botella de ron para celebrarse. No sé si Lucas tenga otras mujeres, casi nunca lo pienso y creo que es porque al final no me importa mucho. Su compañía es monótona siempre piensa lo mismo y quiere lo mismo. A mí me encanta soñar, irme con el pensamiento a diferentes lugares, conocer otras personas, hacer el amor con otros hombres. A mis 23 años Lucas ha sido mi único hombre. Mi madre siempre quiso que él fuese mi pareja, siempre me decía, él es un hombre muy trabajador, tranquilo, es ese tipo que toda mujer quisiera tener, que te lleve todo lo que necesitas a la casa y sin reproches. En ese sentido mi mamá siempre ha sido muy básica en sus gustos por los hombres, prefiere de ese tipo callado y sin mucha imaginación, nunca entendí por qué, nunca me habla de mi padre porque nos abandono cuando apenas tenía 3 años, la verdad no lo recuerdo mucho y tampoco siento nada por él. Mi madre nunca está en la casa, trabaja mucho para mantener a mis dos hermanitas Julieta y Sofía, son gemelas y son hermosas, tienen sus cabellitos castaños y rizados, sus ojos son de un color café recién tostado en los que puedes perder tu mirada, sus pieles son blancas como la niebla. Ellas son muy dulces y tranquilas nunca han dado mayor problema, aunque no son completamente mis hermanas las quiero como si lo fueran, son muy divertidas y amistosas, se que ellas también me aman. Pero no puedo decir lo mismo de su padre, él parece un hombre perverso, siempre tiene una mirada profunda e indescifrable. Casi nunca viene a la casa porque vive con otra mujer, es extraño, sin alma. Aunque mi madre y él están separados, él viene todos los domingos en la tarde, le hace el amor a mi madre y la deja llorando hasta mitad de la noche. Mi madre nunca quiere hablar de su extraña relación con ese hombre, solo dice que la hace feliz, pero cada vez que oigo esa frase de sus labios la acompaña una lágrima en sus ojos. Siempre quise ir a la universidad para darle una mejor vida, pero las circunstancias no me lo permitieron. Cuando tenía 17 años sufrí un accidente de carro que me dejo petrificada en cama por cuatro años, allí fue cuando conocí a Lucas. Mi madre siempre lo llevaba a casa para que me visitara, y por supuesto, a sus gustos parecía ser el prospecto perfecto para mí. Toda esa situación siempre me incomodaba, que manera de conocer a un hombre, él siempre fue muy amable y atento, siempre me llevaba flores y galletas de chocolate. Sin embargo siempre percibía un rechazo de su parte y por supuesto, quien quiere estar con una momia en cama, él me visitaba dos veces a la semana durante los últimos años de mi reposo, no parecía agradarle mucho la idea pero aun así lo hacía, creo que eso me hacía sentir peor. Él siempre era un poco extraño, no hablaba mucho y no paraba de ver mis caderas, eso a veces me gustaba, porque a pesar de mi estado había un hombre que me miraba con deseo, claro está que no era el precisamente quien quería que me mirara, pero bueno, nada es perfecto. Luego de cuatro largos años en casa de reposo por fin puede caminar con soltura y volver a recorrer las calles de mi pueblo. Cuando me recupere Lucas iba cada vez más seguido a la casa. A veces me daba risa e imaginaba que pensaba, Dios mío por fin se ha levantado esta momia. Un día estábamos en casa solos, estaba lloviendo y hacía mucho frío, comenzamos a abrazarnos y a besarnos, me sentía bien entre sus brazos grandes, robustos. Él comenzó a desesperarse, su respiración era cada vez más fuerte y entre cortada, sus abrazos eran cada vez más intensos y fuertes. De pronto me quito la camisa y sentí frío, me abalance sobre él para sentir su calor, su piel era suave pero a la vez áspera, ha de ser por el trabajo del campo. Me deje llevar por la situación hasta quedarnos completamente sin ropa, nuestros cuerpos se contraían con gran pasión, el frío desapareció por completo y toda la habitación se humedeció. Luego de terminar nuestro juego nos dispusimos a colocarnos la ropa, no hubo ese momento de amor de las novelas donde un hombre y una mujer luego de hacer el amor se quedan abrazados por largo rato y suspirando. El tomo su botella de ron y sirvió dos tragos, brindamos, luego sin más se marcho, dejándome mirando hacia al inmenso cielo oscuro con la mirada perdida y sin saber qué hacer. La verdad nuca pensé que mi primer momento amoroso fuese tan rudo. Fue como dos caballos salvajes galopando en una gran sabana, como dos fieras salvajes luchando por su territorio en una inmensidad desolada y árida. Al rato llego mi madre con las gemelas, ambas corrieron hacia mí y me dieron un fuerte abrazo. Sofía comento, Victoria tu olor es extraño, como a licor de hierbas. Yo me eché a reír y pensé, por supuesto, ese es el aroma que me ha dejado mi hombre del campo después de hacerme suya. Era extraño, pero algo de eso me gustaba, había comenzado a vivir y hacer las cosas que una mujer propiamente de mi edad hace. Fuimos todas a preparar la cena y pasamos largo rato riéndonos, compartiendo, de pronto todo se quedo en silencio y parecía que cada una de nosotras estaba en su mundo, hasta las gemelas que tan solo tienen 5 años parecían estar muy concentradas en sus pensamientos. Yo pensaba en la experiencia que había tenido en la tarde con mi hombre del campo y tal vez mi madre pensaba en su hombre que a lágrimas la hacía feliz. Mi madre pareció notar una actitud extraña de mi parte, se acerco en silencio y me dijo, Victoria, ¿hasta qué horas estuvo Lucas? porque estoy segura que aquí estuvo, cuando llegamos la sala tenía un fuerte olor a licor y él es el único que entra en esta casa y toma. Yo no me esperaba esa y muy sorprendida le respondí, mamá a veces pareces un gato sigiloso por toda la casa, pareces estar muy distraída pero estas mas observadora de lo que una pueda imaginar. Eso no responde a mi pregunta y la verdad es que si, así soy yo, dijo ella. ¿Qué te puedo decir mamá? tú lo sabes todo, el estuvo aquí hasta tarde y muchas cosas pasaron, que tengas buenas noches. Me fui hasta mi cuarto y me encerré hasta el día siguiente. Temprano por la mañana mi mamá toco la puerta, dijo, supongo que estuvo fuerte la faena de anoche, son las 8:00 de la mañana y aun no te has levantado, llegarás tarde a tu trabajo. En eso me volví como loca, empecé a vestirme lo más rápido que pude, salí corriendo en mi moto para llegar a tiempo. Una vez que estaba allí me sentía agotada y ofuscada, no entendía todo esto que estaba sucediendo, tenía un fuerte pálpito en mi corazón por la angustia de saber que seguiría después. Al salir del trabajo como todos los días me fui para la casa a llamar a Fernanda, a fumarme mi cigarrillo de la tarde, en eso alguien toco la puerta, salí corriendo para ver de quien provenía el golpe que le daban a esa puerta. Era Lucas, tenía en su rostro una expresión de desesperación, de ansiedad e inquietud. Corrió hacia a mí y me tomo entre sus brazos, yo me deje llevar igual que ayer y ocurrió lo mismo de la tarde pasada, nos entregamos con enfurecida pasión. Al terminar Lucas saco su botella de ron para celebrar nuestro encuentro, todo esto del brindis me parecía un poco desfachatado pero lo podía soportar. Nuestra relación siguió de la misma manera durante dos largos años. En muchas oportunidades Lucas me hablo de matrimonio y de los hijos que le encantaría tener conmigo. Todo sonaba muy bonito pero irreal, yo solo quería ir a explorar el mundo, cambiar de colores. Hoy, después de estos dos años de calma reflexiono sentada en mi balcón, acerca de todo lo que ha sucedido, he pasado muy buenos momentos, pero un buen momento por mucho tiempo termina agotando la imaginación y la cordura. A veces hace falta añadirle eso a las cosas, imaginación y locura, dejarte llevar por el descontrol y responder a tus impulsos de ser un sobreviviente. Por eso Lucas no me hace feliz, ya no me gustan sus mismas caricias de siempre, mucho menos puedo soportar su brindis de ron después de cada sesión de amor. Hablamos poco y al parecer a él no le importa mucho, yo siempre le cuento de mis sueños y mis anhelos, de esos lugares lejanos donde los hombres son diferentes y van en busca de su destino. El solo me habla de sus caballos y de las grandes cualidades que ellos poseen, pero yo estoy muriendo por el afán de encontrar la verdadera pasión, ese sentimiento que te hace aferrarte a una persona y que te mantiene llena de vida. Hoy Lucas vino a visitarme y noto mi cuerpo lejano a él, no es un hombre de muchas palabras así que solo dijo, estas extraña Victoria, ¿es que acaso ya no me quieres? Le respondí, no es eso Lucas, tampoco se explicar que pasa, pero ya no me siento a gusto contigo. Victoria yo siempre he puesto lo mejor de mí, pero para ti nada es suficiente. ¿A que le llamas tu suficiente? simplemente me siento cansada de hacer lo mismo durante años y tu ya no das para más. Yo me voy Victoria, espero que mañana estés mejor, yo te amo, sé que soy de pocas palabras y por eso te demuestro mi amor con pasión, pero si amarnos todos los días para ti es una tortura, te pido disculpas, pensé que eras feliz a mi lado. Ese día se lleno de tempestades después de la discusión con Lucas, todo parecía ser de diferentes tonos de grises. Me sentía mal, el tenia razón, si bien es un hombre de pocas palabras el demuestra su amor con pura pasión; pero ya es una pasión enferma que no tiene origen ni fin, solo quiero estar sola para tomarme el tiempo de buscar ese algo que necesito para estar satisfecha. Ya ha pasado un año desde que deje de verme con Lucas. Él insistió por varios meses hasta que ya no aguanto la humillación de su hombría, porque eso sí, ante todo él era un macho que decía no doblegarse ante ninguna mujer. He cambiado de trabajo y hasta he querido cambiar mi nombre, ahora solo me dedico a leer historias que llenen mi hambrienta imaginación y me lleven a esos lugares donde las flores huelen diferente y los colores son más vivos, donde los hombres son libres y las mujeres son soñadoras. Hoy paso por mi casa una señorita de unos 20 años, se veía muy bonita con su ropa de domingo. Su nombre era Zafiro, un poco intenso su nombre, pero iba muy bien con ella, porque así era Zafiro, brillante e imponente, con un brillo que desafía la mirada. Me sentí intimidada, no la había visto nunca antes por aquí, debe ser nueva en el pueblo. Se acerco a mí que me encontraba en los arbustos regando las flores descalza, me dijo, buenas tardes Srta. Disculpe si la interrumpo, mi nombre es Zafiro, gusto en conocerla. Ando de paso por todas las casas haciendo invitación al encuentro que tendremos esta noche en nuestro centro Budista. Me quede muy sorprendida, dije, ¿Budistas? ¿En este pueblo? No puedo creerlo. Zafiro se rió, así es, espero que asista señorita de los pies delicados. Mas intimidada aun me quede luego de escuchar su comentario, ¿Cómo pudo notar mis pies si estaban escondidos entre los arbustos del jardín? Me dispuse a entrar en la casa, cuando de pronto una sacudida inesperada se sintió en mi estomago y pensé, esa mujer es muy extraña, es capaz de causar sensaciones inexplicables en la gente, pero voy asistir solo por hacer algo diferente. Me arregle y salí corriendo de la casa. En el lugar todos transmitían un aire de paz y desasosiego, todos parecían estar felices y conformes con la vida, de pronto apareció ella con su lacio cabello negro, con sus ojos grises como las cenizas que desprende el fuego. Se dirigió hacia mí, dijo, me alegro tanto de que hayas venido, aquí vas a encontrar la paz interior y el amor que tanto necesitas. Una vez más me deje llevar por una situación sin emitir una sola palabra, asentí con la cabeza y la seguí; fuimos a un lugar apartado de los demás, había una especie de carpa oriental con muchas velas, flores, inciensos. Aquel escenario me cautivo totalmente hasta que empecé a sentir los efectos de aquella paz interior de la que Zafiro me había comentado. Ella me había hablado de la paz en las personas, de la inmensidad del mundo y de las energías que mueven todo lo que hacemos, esas energías que mueven cada paso que das y que te llevan a estados de conciencia fuera de este mundo, ella decía que no importa el lugar donde te encuentres ni con quien estés, mientras tus pensamientos estén canalizados hacia el bien podrás encontrar la felicidad en cualquier lugar. Sus palabras me llegaban a lo más profundo, me daban la esperanza de canalizar mis sentimientos hacia Lucas para poder ser felices. Nos sentamos en aquella carpa colorida y aromática y Zafiro comenzó a emitir un mantra que cautivaba todo, parecía dejar suspendido el tiempo en aquellas cuatro paredes. Al principio sentí un poco de risa, pero luego empecé a sentir una invasión de paz por todo mi cuerpo. Zafiro se acerco a mi oído y susurró aquel sonido estremecedor. Yo me quede embelesada con la melodía de su voz. Zafiro sentía mis nervios, la precipitación de mis respiros parecía gustarle y cada vez se acercaba más. Pasamos más de una hora en esa sesión de espiritualidad frotando los cuerpos al movimiento de la luz de las velas como sin saber qué hacer, ella siempre mantuvo su pulso pero yo desesperaba, ella era mi Yan, la que mantenía el equilibrio en mi tormenta. De pronto la calma se torno en impulsos incontrolables y cada vez nos encontrábamos más cerca, perdimos el control y sucedió lo que ninguna esperaría, hicimos el amor. Dos mujeres que nunca habían esperado semejante encuentro. Se mezclo el olor de nuestros cuerpos con las flores y el incienso. Nuestros cuerpos se fundieron, se hicieron uno solo, nos amamos con sutileza y por primera vez me sentí amada. La felicidad se derramaba con el calor de nuestra pasión por todas las paredes, de pronto escuchamos unos pasos de gran firmeza, ambas nos quedamos petrificadas. Para mi sorpresa era Lucas, ¿Qué estaba haciendo alli? Pregunto. Se acerco a nuestro templo de pasión, admiro con odio y desprecio nuestro querer prohibido e inapropiado, lanzo maldiciones a nuestros corazones y salió huyendo despavorido. Todo termino en silencio, solo se escuchaba mi respiración y la de Zafiro preguntándose confusa que había sucedido en aquel lugar. Salí buscando a Lucas, sentí que le debía una explicación, me abalance sobre el y le dije cuanto lo amaba, le pedí perdón y después de recibir todos sus desprecios, corrimos bajo la noche, lloramos como niños en el bosque, buscando respuesta para todo este huracán de tempestades. Luego dejamos nuestros ojos secos de tanto derramar dolor. Lucas me dio la oportunidad de redimirme ante él y volvimos a querernos, brindamos con una botella de ron el reencuentro. Nuestros cuerpos rodaron sobre la hierba, de donde nunca debimos haber salido, de nuestro amor feroz con aroma a tierra fresca. Desde aquel momento con Zafiro me pregunto todos los días porque me case con Lucas si a quien amaba fue a ella, pero el fruto de esa noche de locuras surgió en mi vientre y me ato al desamor, de él surgió la maravillosa creación de una vida. Una niña llamada Zafiro, de piel clara y ojos verdes como el bosque de donde nació. Todas las noches lloro de felicidad anhelando mi próximo encuentro de amor a escondidas en la carpa de Zafiro.



Cuentos por Carlos Ávila y Paola Salazar

Texto y fotografía por Samuel Rangel



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